
Los mismos nostálgicos quemadores de ataúdes.
Los ataques a la caravana de cierre de la Alianza, donde había miles de personas cuyo único propósito era ejercer su derecho a una expresión cívica, no tienen por qué extrañarnos.
Forman parte de una costumbre muy arraigada de hacer las cosas. Casi cultural. De profundas raíces en la tierra más oscura de nuestra historia. Oscura como el estiércol.
Quienes formaban parte de la caravana aliancista, querían expresar una manera de pensar. Desplegaban su derecho de pensar y de optar. Pero los recibieron – en puntos muy bien escogidos, claramente omitidos por las patrullas y uniformes – con piedras y palos para abollarles las ideas.
Los intolerantes activos también ejercieron un derecho: El de las bestias. El que les vino como legado de la época donde eran obligatorias ciertas primeras lecturas, ciertos lutos, ciertos silencios y ciertas obediencias, cuya desatención era motivo de desempleo, persecución y hasta la cárcel.
Esa génesis fascita que se fundó en el irrespeto por las instituciones de la República, por la división de Poderes, por el disenso. Que comulgó con Hitler, Mussolini, Franco y Stroessner. Que dispuso de los bienes del Estado como si fueran propios. Que financió y armó la oligarquía gremial. Que fomentó la absurda dicotomía entre la alpargata y el libro. Que cautivó a los necesitados con adulación, limosnas y circo, para que no se noten tanto las pieles y joyas.
Que se autovictimizó en el próspero exilio, mientras paría del mismo vientre putrefacto los dos demonios antagónicos: Montoneros y Triple AAA, que hizo debutar en el regreso, con un baño de sangre en Ezeiza, para después abandonarnos en las manos de Isabelita y el Brujo, más todos sus deliberados desatinos para entregarnos a la dictadura.
Dicen que – en esa época - ellos pusieron los muertos. Los vivos pusieron. Maestros del yo no fui. Del a mí qué me miran. Del yo me borro.
Tras el obligado descanso que le impusieron ala Democracia, volvieron para mostrarnos que, en realidad, nunca estuvieron dispuestos a irse. Su naturaleza se perfeccionó en el Turco, que nos regaló una década de pizza y champagne, para que después el Cabezón nos abroche los costos de la fiesta con la pesificación de los salarios y la dolarización de las deudas. Lo fagocitaron al De las Dudas y terminaron de evolucionar en el genoma K, la peste perfecta.
Como el General y sus dos Evitas, estos también aparecieron en yunta, para confirmar que en nuestro país los males no vienen solos. Estos también desconocieron su origen, porque mutaron, se reinventaron, como todos los anteriores, hasta terminar siendo apenas una suerte de mamíferos bípedos metamorfoseados, con una gran capacidad de adaptación, como todo virus.
Por eso digo que no deben extrañarnos los trogloditas con palos y piedras y nos convendría rogar por que no descubran el fuego, que sigan con sus hábitos canibalísticos y trabajando para que el matrimonio local, remedo de todo lo peor de sus mentores, termine consumido en su codicia.
No podemos esperar que quienes aplauden a la yunta embustera, papelonera y prepotente, puedan virar a algo más decente. Creo que debemos esperar todo lo contrario. Estos son entes que interactúan, se reproducen y van aprendiendo dentro de códigos de herencia muyconsistentes en algunos aspectos, e inestables en otros. Son los Víctor Sánchez, Tenev, Elio Piedra, Leiva, Peppo, Panza García, Ricardo Sánchez, Manolo Bordón, Carlos Martínez, Gladis Soto y otros especímenes.
Son los primos hermanos del gordo D’Elía, de Barrionuevo y de Moyano. Son los sobrinos de Rucci, Lorenzo Miguel y Casildo Herreras. Los nietos de los mismos que predicaban “con el enemigo, ni justicia” o “que caigan cinco de ellos por uno de nosotros”, sabiduría que llevaron a la práctica quemando iglesias y diarios, encarcelando periodistas y opositores, fundiendo el germen mismo de una Nación próspera y decente.
Inevitables e incorregibles, capaces de escupir hasta sobre los propios, cuando no estén dispuestos a ladrar y morder al son de la jauría.
Bella progenie que podríamos sintetizar con más simpleza y claridad en el gesto incendiario del intelectual Herminio Iglesias, que les costó el ‘83.
Quizás no fue una mala lección. De igual forma quemémoslos el domingo 28 con el fuego cívico de las urnas.
Escrito Por Carlos








