Por el P. Jorge Lestani Promediando los años ’90, en plena campaña para las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, el entonces candidato Bill Clinton, en abierta oposición a George Bush padre, su adversario ocasional, disparó una de las frases más audaces y feroces que recuerde cualquier contienda política: “Es la economía, estúpido”. Dicha frase, se transformó en un eslogan y llevó al candidato de Arkansas a la Casa Blanca.
Casi quince años después y sumergidos junto con el mundo entero en una de las peores crisis económicas en un siglo cabe preguntarse sobre la validez de aquella frase. ¿Es la economía solamente la que provoca el desarrollo de los pueblos, la que evita la pobreza, la que hace que países del llamado “tercer mundo” se conviertan en países “de primera”?
Mi humilde impresión es que no. Si la economía se basa meramente en los movimientos de una bolsa de valores o del mercado financiero sin mirar el factor productivo es papel pintado con próceres y no mucho más. Si, por extensión de esta idea, la política busca construir consensos a golpe de billetera o de dádiva sin contraprestación con trabajo, termina creando monstruos inmanejables: ni divide ni reina aunque lo pretenda, sino que multiplica y multiplica problemas.
Ya expresé en un artículo anterior la necesidad de una política y una economía con un fuerte contenido de desarrollo social. Ese desarrollo social no caerá seguramente en globo o llovido del cielo como una gracia de Dios, sino a partir del tesón y del trabajo de cada ciudadano que busque ser algo más que habitante de este suelo terrenal, aún por encima de las fronteras nacionales. Ese desarrollo y por ende esa economía no se dará nunca sin producción, sin emprendimientos, sin inversiones tendientes a un real progreso no sólo de aquellos más necesitados que deberán ser los primeros en ser atendidos sino de todos.
La mitad del mundo sufre problemas de hambre. Un número considerable de esa gente vive con menos de dos o incluso de un dólar por día. Y si fuera uno solo daría igual. La palabra hambre basta para convertirse en un sopapo en el centro de la cara. En el Chaco sabemos de eso. Recordará el lector a Rosa Molina y su triste historia de exclusión e indiferencia de todos; y si no, bastará moverse un poquito y observar nomás para ver miles y miles de hermanos en esa situación.
El mundo sufre también de desigualdad y exclusión. En su reciente encíclica “Caritas in veritate” Benedicto XVI ha subrayado la necesidad de ordenar la economía en dirección a la persona y, desde ella, al bien común. Afirma: “La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios” (nº 36).
Por tanto, construir una cultura de desarrollo a espaldas de los sectores productivos o a golpe de mero asistencialismo clientelista es una muy mala opción. Simplemente porque si no se produce, si no nos alimentamos, nunca crecemos. Y, siguiendo la misma línea, si subsidiamos eternamente y no invertimos en una producción que promueva la cultura del trabajo, es más de lo mismo. La experiencia de Argentina a partir de marzo de 2008 que comenzamos a sufrir con la caída del volumen de exportación de ciertos productos que eran característicos de nuestro país es el mejor botón de muestra. A partir del absurdo conflicto del gobierno nacional con los productores (grandes y pequeños) Argentina perdió mercados, produjo menos, ganó menos… y creció menos. Por descuido o ineptitud (ojalá que no haya sido a propósito) fuimos para atrás.
¿Cómo hacer para empujar de nuevo una economía de desarrollo social si por la crisis internacional o por la crisis interna tenemos tantas carencias? Cuando en Noviembre pasado planteé la necesidad de resucitar el cooperativismo no lo hice desde el romanticismo y la añoranza, sino desde la plena convicción de que los valores que el movimiento cooperativo plantean, lejos de la dádiva, del asistencialismo y del clientelismo político, son un verdadera plataforma de desarrollo que convierte los pocos recursos en máxima calidad de producción. A nivel teórico, son muchísimos los aportes que proporciona al desarrollo: Ayuda mutua, esfuerzo propio, responsabilidad, democracia en la toma de decisiones, igualdad de los asociados, equidad y solidaridad. Nada más promotor del desarrollo humano. Pero a nivel práctico también provoca un salto superador: Libre adhesión y libre retiro, control democrático, neutralidad política y religiosa, ventas al contado y ausencia de especulación financiera, devolución de excedentes, interés limitado sobre el capital, educación contínua de la cultura del trabajo, etc.
A esta visión, Yunus, con su “banco de los pobres” ideó con éxito la idea de un financiamiento que, utilizando estos principios, llevó la ayuda mutua al campo de la promoción humana a partir de un flujo de capitales en cantidad suficiente y con horizonte multiplicador. Llegó al Nobel por ello. No podemos decir, pues, que ante una crisis no tenemos herramientas o estamos totalmente indefensos. ¡Ésta es, a mi modesto entender, una salida legítima y dignificante a los planteos sociales que pululan por estos días!
¿Qué impide pensar entonces que en nuestros municipios pueda existir una cooperativa que englobe con este espíritu la producción local en todo su abanico?
¿Qué impide pensar en un mercado central que canalice esa producción a nivel provincial y la coloque en interacción interna o incluso externa?
¿Es tan difícil pensar en nuestro puerto, aeropuerto o rutas viales o ferroviarias de inmejorable posición geopolítica como punto de partida para la salida de nuestra producción hacia otros lugares del país o incluso del exterior?
¿Qué impide pensar en el oriente chaqueño con tanta tierra ociosa convertido en un polo frutihortícola, citrícola o afines, a la manera en que lo hace a la misma latitud la provincia de Corrientes?
¿No es esto superador de la idea de subsidiar, becar y otras dadivas por el estilo?
Como se ve, este planteo está muy por encima de cualquier coyuntura, aunque la incluya. Así, se equivoca el que reduzca el enfoque de estos temas a una protesta puntual por muy legítima o importante que parezca. Y no es difícil de lograr si hay ganas de trabajar. Lo que sí, habrá que tener la grandeza de miras y la visión de futuro y progreso un poco más lejana que la punta de la propia nariz.
Mi humilde impresión es que no. Si la economía se basa meramente en los movimientos de una bolsa de valores o del mercado financiero sin mirar el factor productivo es papel pintado con próceres y no mucho más. Si, por extensión de esta idea, la política busca construir consensos a golpe de billetera o de dádiva sin contraprestación con trabajo, termina creando monstruos inmanejables: ni divide ni reina aunque lo pretenda, sino que multiplica y multiplica problemas.
Ya expresé en un artículo anterior la necesidad de una política y una economía con un fuerte contenido de desarrollo social. Ese desarrollo social no caerá seguramente en globo o llovido del cielo como una gracia de Dios, sino a partir del tesón y del trabajo de cada ciudadano que busque ser algo más que habitante de este suelo terrenal, aún por encima de las fronteras nacionales. Ese desarrollo y por ende esa economía no se dará nunca sin producción, sin emprendimientos, sin inversiones tendientes a un real progreso no sólo de aquellos más necesitados que deberán ser los primeros en ser atendidos sino de todos.
La mitad del mundo sufre problemas de hambre. Un número considerable de esa gente vive con menos de dos o incluso de un dólar por día. Y si fuera uno solo daría igual. La palabra hambre basta para convertirse en un sopapo en el centro de la cara. En el Chaco sabemos de eso. Recordará el lector a Rosa Molina y su triste historia de exclusión e indiferencia de todos; y si no, bastará moverse un poquito y observar nomás para ver miles y miles de hermanos en esa situación.
El mundo sufre también de desigualdad y exclusión. En su reciente encíclica “Caritas in veritate” Benedicto XVI ha subrayado la necesidad de ordenar la economía en dirección a la persona y, desde ella, al bien común. Afirma: “La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios” (nº 36).
Por tanto, construir una cultura de desarrollo a espaldas de los sectores productivos o a golpe de mero asistencialismo clientelista es una muy mala opción. Simplemente porque si no se produce, si no nos alimentamos, nunca crecemos. Y, siguiendo la misma línea, si subsidiamos eternamente y no invertimos en una producción que promueva la cultura del trabajo, es más de lo mismo. La experiencia de Argentina a partir de marzo de 2008 que comenzamos a sufrir con la caída del volumen de exportación de ciertos productos que eran característicos de nuestro país es el mejor botón de muestra. A partir del absurdo conflicto del gobierno nacional con los productores (grandes y pequeños) Argentina perdió mercados, produjo menos, ganó menos… y creció menos. Por descuido o ineptitud (ojalá que no haya sido a propósito) fuimos para atrás.
¿Cómo hacer para empujar de nuevo una economía de desarrollo social si por la crisis internacional o por la crisis interna tenemos tantas carencias? Cuando en Noviembre pasado planteé la necesidad de resucitar el cooperativismo no lo hice desde el romanticismo y la añoranza, sino desde la plena convicción de que los valores que el movimiento cooperativo plantean, lejos de la dádiva, del asistencialismo y del clientelismo político, son un verdadera plataforma de desarrollo que convierte los pocos recursos en máxima calidad de producción. A nivel teórico, son muchísimos los aportes que proporciona al desarrollo: Ayuda mutua, esfuerzo propio, responsabilidad, democracia en la toma de decisiones, igualdad de los asociados, equidad y solidaridad. Nada más promotor del desarrollo humano. Pero a nivel práctico también provoca un salto superador: Libre adhesión y libre retiro, control democrático, neutralidad política y religiosa, ventas al contado y ausencia de especulación financiera, devolución de excedentes, interés limitado sobre el capital, educación contínua de la cultura del trabajo, etc.
A esta visión, Yunus, con su “banco de los pobres” ideó con éxito la idea de un financiamiento que, utilizando estos principios, llevó la ayuda mutua al campo de la promoción humana a partir de un flujo de capitales en cantidad suficiente y con horizonte multiplicador. Llegó al Nobel por ello. No podemos decir, pues, que ante una crisis no tenemos herramientas o estamos totalmente indefensos. ¡Ésta es, a mi modesto entender, una salida legítima y dignificante a los planteos sociales que pululan por estos días!
¿Qué impide pensar entonces que en nuestros municipios pueda existir una cooperativa que englobe con este espíritu la producción local en todo su abanico?
¿Qué impide pensar en un mercado central que canalice esa producción a nivel provincial y la coloque en interacción interna o incluso externa?
¿Es tan difícil pensar en nuestro puerto, aeropuerto o rutas viales o ferroviarias de inmejorable posición geopolítica como punto de partida para la salida de nuestra producción hacia otros lugares del país o incluso del exterior?
¿Qué impide pensar en el oriente chaqueño con tanta tierra ociosa convertido en un polo frutihortícola, citrícola o afines, a la manera en que lo hace a la misma latitud la provincia de Corrientes?
¿No es esto superador de la idea de subsidiar, becar y otras dadivas por el estilo?
Como se ve, este planteo está muy por encima de cualquier coyuntura, aunque la incluya. Así, se equivoca el que reduzca el enfoque de estos temas a una protesta puntual por muy legítima o importante que parezca. Y no es difícil de lograr si hay ganas de trabajar. Lo que sí, habrá que tener la grandeza de miras y la visión de futuro y progreso un poco más lejana que la punta de la propia nariz.
* Vicario Parroquial Iglesia Catedral
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